
09 Oct Un marco de lapislázuli y sal gruesa en el Mediterráneo:
Una auténtica James Bond Girl golpeó la puerta de mi taller del Pasaje de la Piedad un Domingo.
Un rato antes me había llamado mi amiga Dominique Isnard. 1er mecenas.
-¿Estás en el taller? Estoy afuera con una amiga que quiere conocerlo.
Cuando abrí la puerta vi la mujer más exótica que conocí. Una bomba atómica, pelo hasta la cintura y un enorme solitario engarzado en goma. Parecía salida de una película de James Bond.
En 5 minutos me di cuenta que el verdadero lujo no era el diamante. Era su cabeza. Hablaba de arte, arquitectura, diseño y negocios como del pronóstico del tiempo. Era moderna, brillante, dirigía proyectos enormes y coleccionaba Picasso, Basquiat y Warhol.
Entraron.
Apoyados contra una pared estaban dos Huangdi que acababa de terminar.
Después se presentó con más confianza, en inglés americano. Era la mujer del dueño de una de las empresas más admiradas del planeta. Vivían en Ginebra y estaban construyendo un barco para navegar desde Mónaco.
Se enamoró del par de Emperadores y me los encargó para su casa de Ginebra.
Antes de irse me preguntó:
—¿Te animás a hacerme dos espejos para el comedor del barco?
Cuando vi las imágenes del proyecto me preocupé. Mis espejos iban a convivir con un Mao y una Campbell’s Soup de Andy Warhol. La consigna era sencilla: no hacer papelones.
No me gusta el acabado brillante de la boiserie de los cruceros. Hice exactamente lo contrario: encapsulé sal gruesa y lapislázuli en resina de poliéster.
Años después, el dueño del barco me dijo:
– Estoy un poco celoso de tus espejos. Todos preguntan más por ellos que por el barco. El Rey de España no podía creer que lo blanco era sal gruesa.
Las historias más importantes de mi vida como artista empezaron en mi taller, jamás afuera. Los otros dias los ví en Instagram. Gracias por todo Domi, siempre.
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