Hay vida en los caireles de botellas de las lamparas. Me dijo la dueńa de casa:

La lámpara que cobró vida

La dueña de casa era una diosa. Una bomba atómica, pero de un refinamiento absoluto. Vivía en una gran casa de San Isidro construida por Pablo Sánchez Elía y me pidió una lámpara de botellas para su comedor: un jardín de invierno donde podían sentarse treinta personas.

Le dije que sí.

Después empecé a derretir botellas y a armar la estructura. Fue la lámpara más grande que hice, con una boca de un metro veinte. Era uno de mis primeros grandes proyectos y el lugar parecía hecho para recibirlo.

La estructura de hierro del techo permitía colgarla y, durante el día, la luz del sol atravesaba las botellas. De noche, los spots dirigidos hacia afuera hacían que la lámpara iluminara también el espacio que la rodeaba.

Había encontrado el lugar perfecto.

Lo que todavía no había encontrado era el agua perfecta.

Llené las botellas con agua de la canilla de San Isidro. Ya tenía otras hechas desde hacía años en Buenos Aires y nunca había pasado nada. No imaginé que esta vez pudiera ser distinto.

Seis meses después sonó el teléfono.

—Bony, una de las botellas tiene vida.

Había algo verde creciendo adentro.

Yo había querido transformar plástico descartado en una lámpara. Sin proponérmelo, había agregado un pequeño ecosistema.

La combinación de agua de la canilla y luz del sol me dio una lección que todavía recuerdo. Había que reemplazar el agua por agua destilada, botella por botella.

El arreglo tuvo una escala acorde con el comedor: hizo falta un camión para trasladar las botellas hasta San Isidro. Desarmé toda la lámpara, cambié el agua y volví a armarla.

El problema quedó resuelto.

Hoy lleva catorce años colgada y nunca volvió a tener ese inconveniente. Aquella experiencia cambió mi manera de trabajar: desde entonces, el agua y la preparación de cada botella forman parte del proyecto tanto como la estructura y la luz.

Sigo pensando que es la más espectacular de las lámparas que hice. Por su tamaño, sí, pero sobre todo porque encontró su espacio: ese jardín de invierno de Pablo Sánchez Elía, con el sol entrando por el techo y un comedor enorme debajo.

También encontró una dueña con una buena onda que nunca voy a olvidar. Cuando apareció aquella vida inesperada, su confianza hizo mucho más fácil desarmar, corregir y volver a empezar.

Cada tanto veo fotos de su hija, tan parecida a ella, con la lámpara de fondo. Para mí, dos de las mujeres más lindas de Argentina. Y me emociona reconocer mi obra ahí, formando parte de una casa y de una vida que siguieron adelante.

Fue uno de mis primeros grandes proyectos con botellas de plástico. Catorce años después, sigue colgado.

La lámpara tuvo vida durante un tiempo. La historia todavía la tiene.